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Estos sistemas permiten a una persona ver, oír, tocar, desplazarse y comunicarse en un entorno remoto a través de un cuerpo robótico conectado a la red.
El extraordinario progreso de la robótica en las últimas décadas ha permitido que las máquinas autónomas tengan especial aprovechamiento en entornos semiestructurados como almacenes, oficinas u hospitales. Sin embargo, cuando el escenario se vuelve impredecible (por ejemplo, una zona de catástrofe, una infraestructura dañada, o bien cualquier otra situación que exija improvisación, creatividad e interacción social), los robots plenamente autónomos siguen mostrándose frágiles y limitados. En ese terreno, el juicio, la intuición y la capacidad de adaptación de las personas continúan siendo insustituibles. La consecuencia no es que el ser humano deba estar físicamente presente, sino que basta con que permanezca “dentro del bucle” de decisión y control. De esta idea (enfoque human-in-the-loop) nacen tanto la teleoperación como la telepresencia robótica, y de su evolución más ambiciosa surge la “telexistencia”, término acuñado por un investigador japonés a comienzos de 1980 para describir la sensación de estar realmente en un lugar distinto a través de una máquina. Podríamos decir que el avatar robótico es la expresión más tangible de esta corriente.
Un avatar robótico puede definirse como aquel capaz de transportar la presencia de una persona a una ubicación remota en tiempo real mediante sistemas robóticos, para interactuar con el mundo desde prácticamente cualquier punto que disponga de una conexión a internet adecuada. La diferencia de esta aproximación con respecto a la realidad virtual, es que esta última modalidad introduce a la persona en un entorno simulado, mientras que el avatar robótico la proyecta en un entorno físico y real, que puede estar en la habitación de al lado o a miles de kilómetros de distancia. En estos términos, un avatar eficaz o de altas prestaciones aspira a que el operador pueda sentir (ver, oír, tocar), desplazarse y comunicarse con tal naturalidad que sienta que se encuentra verdaderamente en esa localización de destino.
Desde el punto de vista técnico, este tipo de sistema de avatar se articula en torno a dos componentes fundamentales. El primero es el equipamiento móvil robótico (el “cuerpo” en el emplazamiento remoto) que el operador gobierna a distancia. El segundo, y con frecuencia el más difícil de resolver, es la interfaz que permite ejercer ese control y recibir de vuelta las sensaciones del entorno remoto. Para lograr una inmersión apropiada se recurre a cascos de realidad virtual, guantes hápticos que reproducen el tacto y la resistencia de los objetos, estructuras similares a exoesqueletos que trasladan el movimiento de brazos y manos al robot devolviendo retroalimentación de fuerza, y pedales para dirigir el desplazamiento mientras las manos permanecen ocupadas. En este contexto surgen dos retos que resultan críticos: primero, minimizar la latencia entre el gesto del operador y la respuesta del robot y, segundo, dotar al avatar de un rostro o interfaz expresiva que haga posible una comunicación lo más natural posible con las personas del lugar remoto.
Un buen ejemplo de estos avatares es el sistema iCub3, desarrollado por el Istituto Italiano di Tecnologia de Génova. Su arquitectura transfiere al robot humanoide la capacidad de movimiento, manipulación, la voz y hasta las expresiones faciales del operador, al tiempo que le devuelve información visual, auditiva, háptica, de peso e incluso táctil. Para ello combina un traje sensorizado que captura los movimientos corporales, unos guantes que monitorizan las manos y proporcionan sensación de contacto, y un visor que traslada al rostro del robot las expresiones y la mirada de quien lo controla, logrando así una experiencia inmersiva muy realista.
La relevancia de este avance radica en que desacopla la presencia y las capacidades humanas de la localización física del cuerpo, combinando lo mejor de dos mundos: la fiabilidad, la experiencia y la creatividad del criterio humano, con la resistencia de una máquina capaz de operar en entornos peligrosos o inaccesibles. Este planteamiento abre, además, la puerta a la denominada “autonomía híbrida”, en la que los robots funcionan de forma autónoma la mayor parte del tiempo y las personas intervienen por telepresencia solo cuando surge un imprevisto. A medida que se recurre a esta telepresencia como vía para alcanzar una mejor automatización mediante la recopilación de datos de cada intervención, se persigue que un único operador pueda llegar a supervisar más robots a la vez.
Las áreas de aplicación de esta tecnología son tan amplias como prometedoras. En el ámbito sanitario y asistencial, un avatar puede prestar cuidados a distancia, ayudar a una persona con movilidad reducida o realizar tareas de atención sin necesidad de desplazamiento. En la gestión de emergencias, hace posible actuar en zonas de catástrofe con demasiado riesgo para los equipos de rescate, así como ejecutar reparaciones o labores de mantenimiento en instalaciones de difícil acceso. La exploración de entornos extremos es otro posible campo de uso. En esta línea, el sistema OceanOneK (creado en la Universidad de Stanford) es un avatar humanoide con retroalimentación háptica que ha explorado pecios romanos y restos históricos a mil metros de profundidad, permitiendo que el piloto situado en superficie sienta en sus manos el contacto con objetos frágiles y gestione el manejo de cada movimiento.
El abanico de posibilidades de utilización se extiende también al turismo y la cultura (el propio iCub3 permitió a un operador situado en Génova “visitar” la Bienal de Venecia e incluso interactuar en directo con el público en un festival en Rímini), a la educación, y a áreas tan específicas como la investigación submarina, donde proyectos como el europeo CADDY han desarrollado lenguajes gestuales que permiten a un buceador comunicarse con su “compañero” robótico bajo el agua. De cara al futuro se prevén también usos en la construcción, la exploración espacial, la asistencia personal en el hogar e, incluso, escenarios en los que una sola persona coordine flotas enteras de avatares repartidos por distintos lugares.
Por su parte, en el terreno empresarial, la consultora tecnológica Spyrosoft ha construido un robot móvil autónomo llamado Avatar que permite a los clientes recorrer a distancia su showroom. Y en España, el Centro de Supercomputación de Galicia (CESGA) en colaboración con la Universidad de Santiago de Compostela, ha desarrollado Avatiñ@, un avatar robótico abierto y social pensado para que los escolares hospitalizados mantengan su presencia en el aula y su vínculo con los compañeros durante ausencias prolongadas.
El impacto potencial en la adopción de estas soluciones es variado. Para las empresas, permite crear nuevos modelos de negocio y servicios prestados en remoto, reduciendo costes y tiempos de desplazamiento, y multiplicando la productividad si un solo profesional llega a controlar varios avatares. En lo económico, el mercado de la robótica de telepresencia, aunque todavía incipiente, dibuja una senda de crecimiento sostenido; así, distintas estimaciones lo situaban en torno a los 377 millones de dólares en 2024 y proyectan que supere los 1.100 millones a comienzos de la próxima década. Desde la perspectiva medioambiental, sustituir viajes físicos por presencia robótica remota puede dar lugar a una alternativa con una menor huella de carbono y, en el plano social, posiblemente el más transformador, esta tecnología promete una mayor inclusión: personas mayores, con discapacidad, enfermas o aisladas geográficamente podrían participar en la vida laboral, educativa y comunitaria sin las barreras que, a día de hoy, se lo impiden.
Con todo, el despliegue de los avatares robóticos afronta obstáculos notables. Los sistemas actuales siguen siendo delicados y costosos, dependen de conexiones de gran ancho de banda y baja latencia, y no siempre alcanzan la finura del tacto o del movimiento humano necesarios. A ello se suman cuestiones éticas y jurídicas de primer orden, relativas a la privacidad, la seguridad y, sobre todo, la responsabilidad sobre los actos que un avatar ejecuta en nombre de su operador, además del riesgo de que un acceso desigual a estas tecnologías amplíe brechas ya existentes. Salvadas estas barreras, el avatar robótico se perfila como una opción para redefinir nuestra relación con la distancia, permitiéndonos estar, y actuar, allí donde nuestro cuerpo no puede llegar.
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