Vida optimizada: la eficiencia constante convertida en estilo de vida

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La cultura que aboga por el uso de métodos, rutinas o productos que contribuyen a poder llegar al punto óptimo en distintos planos de la vida de las personas.

La digitalización nos ha llevado a que casi cualquier gesto del día puede registrarse, cuantificarse y compararse. Relojes o pulseras inteligentes, anillos sensorizados, aplicaciones de hábitos, etc. han trasladado al ámbito doméstico una capacidad de medición que hasta hace poco pertenecía al laboratorio o al hospital. En ese contexto se sitúa la vida optimizada, que puede definirse como la extensión de una lógica de eficiencia, medición y mejora continua en todas las esferas del día a día, incluidas las que tradicionalmente quedaban fuera del cálculo como el descanso, la alimentación, el ocio o las relaciones personales. A grandes rangos se podría decir que su premisa implícita contempla que, para cada contexto, es posible recurrir a un recurso (método, producto, etc.) para su mejora u optimización, y que no aplicarlos puede llegar a considerarse, incluso, como una forma de negligencia personal. La visión negativa de este planteamiento puede analizarse a través de una metáfora relacionada con un desagüe; así, la reforma de una casa busca el mejor modo o estado para nuestro espacio, la cultura del bienestar para nuestro cuerpo y la de la productividad para nuestro trabajo, pero todas pueden considerarse agujeros sin fondo y el mecanismo que las alimenta posiblemente no es ni la envidia ni la vergüenza, sino la aspiración (la circulación de este enfoque por las redes fomenta la sensación de que, con los fondos y la disciplina suficientes, cualquiera podría rozar la perfección). La diferencia de este abordaje con un autocuidado saludable puede llegar a ser sustancial, donde el cuidado pasa de ser un medio para vivir mejor a convertirse en un proyecto que nunca se da por concluido.

Un aspecto novedoso de esta aproximación es la conversión en funcional de lo puramente emocional, como podría ser el caso de los perfumes de feromonas, productos que prometen una relación causa-efecto verificable (resultar más atractivo) donde el sector de la perfumería se ha manejado habitualmente en el terreno de la evocación. Una lógica parecida se traslada también al apartado del tiempo libre, de modo que las aficiones que antes se iniciaban por placer se reconvierten ahora en actividades con retorno medible y, hacer algo simplemente por el gusto de hacerlo, parece que ha dejado de ser suficiente.

Con todo, cabe reconocer que la dimensión económica de esta industria es considerable. El volumen global de la economía del bienestar se sitúa en niveles similares al de sectores como el turismo o las tecnologías de la información y, dentro de este ecosistema, los dispositivos de medición personal son el segmento más dinámico, entre los que destaca el mercado de anillos inteligentes como Oura.

En la actualidad, las parcelas de aplicación de esta tendencia se concentran sobre todo en torno a la salud. Por ejemplo, en el campo del sueño, equipos inteligentes como anillos, pulseras o colchones registran parámetros diarios de descanso; no obstante, este seguimiento llevado al extremo ha dado lugar a la ortosomnia o búsqueda del nivel de sueño ideal que, cuando lleva asociado un exceso de vigilancia acaba por deteriorar, paradójicamente, dicho descanso. Otro caso curioso relacionado es la iniciativa Blueprint de Bryan Johnson, dirigida a lograr aumentar de forma notable la longevidad a partir de un protocolo basado en intervenciones específicas y controles exhaustivos sobre alimentación, suplementación, medicación y biomarcadores, entre otros, para frenar o postergar al máximo los efectos del envejecimiento.

Frente a esta corriente, ha emergido también otra contraria que abraza, por ejemplo, la medianía y la figura del aficionado que practica algo sin destacar, sencillamente porque disfruta y sin ningún temor a que se le dé mal ese hobby. En la misma línea se sitúan el movimiento slow, en sus distintas vertientes, o el minimalismo digital.

Por tanto, aunque a las empresas les permita abrir mercados de enorme volumen y modelos recurrentes basados en suscripción y análisis de datos, para la sociedad una fijación notable por la optimización puede suponer una presión creciente sobre la salud mental –especialmente entre los jóvenes– y una posible nueva desigualdad al convertir la mejora del bienestar en una cuestión de estatus o prestigio. Por tanto, la cuestión que surge y, quizás, deberíamos plantearnos, ya no es tanto cómo podemos optimizar nuestra vida sino, más bien, para qué queremos hacerlo.

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